Bertrand Russell pertenece al grupo de filósofos anglosajones que se ocupó, fundamentalmente, de la lógica, la teoría de la ciencia y los problemas del lenguaje.

 Fue la figura más reputada del pensamiento británico en el siglo XX. Fue el tercer conde de Russell y vizconde de Amberley, nació en la localidad galesa de Trelleck, de una familia aristocrática pero también intelectual y políticamente destacada. Su abuelo fue primer ministro durante el reinado de Victoria y, de niño, el pequeño Bertrand se sentó en las rodillas de John Stuart Mill, asiduo visitante de su casa. Durante su larga y fecunda vida- llegó a los 98 años-, Russell fue matemático y filósofo, pero también un destacado estudioso y activista en temas políticos y educativos. Fue encarcelado por pacifismo durante la Primera Guerra Mundial, apoyó la socialdemocracia pero fue uno de los primeros en denunciar la dictadura leninista tras visitar la Unión Soviética, fundó una escuela regida por métodos libertarios y anticonformistas, escribió a favor de la libertad sexual y contra la visión tradicional del matrimonio (lo que motivó una campaña puritana contra él que llegó a prohibirle enseñar en centros estadounidenses), firmó junto a Einstein y otros destacados científicos un manifiesto contra la bomba atómica, encabezó manifestaciones antinucleares y presidió el Tribunal Russell contra la intervención americana en Vietnam ( al que también perteneció Sartre). La última vez que le detuvo la policía por alterar el orden público tenía ya más de 90 años. También fue ensayista y divulgador de temas filosóficos con un estilo elegante, claro y preciso que le valió el premio Nobel de Literatura, aunque nunca había escrito obras de ficción (después de ganarlo se aventuró a componer algunos cuentos de corte satírico, a lo Voltaire). Quizá su obra literariamente más notable es su Autobiografía, crónica de casi un siglo de avatares intelectuales y políticos. Al comienzo de este libro asegura: “Tres pasiones simples pero irresistibles han guiado mi vida: la búsqueda de conocimiento, el afán de amor y la compasión por el sufrimiento humano”.

Desde su primera juventud, Russell- como Descartes- buscó alcanzar algún tipo de saber tan cierto y seguro que ninguna persona razonable pudiese dudar de él. Y supuso que deberían ser las matemáticas. Siguiendo ideas de Frege, Russell se propone deducir las matemáticas de la lógica, tras convertir a ésta en un lenguaje formal universal capaz de dar cuenta de todos los sucesos del mundo, como quiso Leibniz. Junto a su antiguo profesor Alfred North Whitehead escribió una obra monumental en tres volúmenes, Principia Mathematica, en la que lleva a cabo esa tarea. Allí resuelve algunas paradojas lógico-matemáticas que Frege había señalado, especialmente la de los conjuntos que se contienen a sí mismos como miembros.

Los conjuntos llamados normales no se contienen a sí mismos: por ejemplo, el conjunto de los hombres no se contiene a sí mismo porque no es un hombre. En cambio, el conjunto de los conceptos abstractos se contiene a sí mismo porque es un concepto abstracto. Pero ¿qué ocurre con el conjunto de todos los conjuntos normales? Si se contiene a sí mismo, contendrá un conjunto cuya definición consiste precisamente en estar formado por los conjuntos que no se contienen a sí mismos, lo que es contradictorio; pero si no se contiene a sí mismo, será un conjunto normal… ¡por lo que precisamente debería contenerse a sí mismo! Russell resuelve la paradoja estipulando que hay diversos tipos lógicos de conceptos: el tipo cero está formado por individuos, el tipo uno por propiedades de individuos y el tipo dos por propiedades de propiedades de individuos. La antinomia se da cuando mezclamos conceptos de un tipo con los de otro.

A partir de Principia Mhatemática y en parte influido por su discípulo Wittgenstein, Russell establece una teoría de los objetos del mundo (incluyendo algunos tan peculiares como el Yo, la mente o la materia) según la cual todos ellos deben armarse por medio de construcciones lógicas a partir de componentes mínimos, una especie de átomos no físicos sino lógicos. Llamó a esta teoría “atomismo lógico”, uno de cuyos principios es aplicar siempre que se pueda la llamada “navaja de Occam”, es decir, sustituir las conclusiones derivadas de entidades desconocidas por otras derivadas de entidades conocidas. En conjunto, la teoría del conocimiento russelliana es una combinación de los principios lógicos con los datos sensoriales, base última de cualquier saber fiable (Russell es empirista como Locke o Hume). Inevitablemente, la ciencia se convierte en parangón de todo conocimiento, aunque Russell está convencido de que no sirve para fijar nuestros valores ético o políticos. Como descarta explícitamente el recurso a la religión (uno de sus ensayos más provocativos se titula Por qué no soy cristiano), a Russell no le queda más que confiar en los mejores deseos humanos para servir de fundamento a la moral.

(Fernando Savater. Historia de la Filosofía. Sin temor ni temblor. Editorial Espasa. Madrid. 2009)