PARA EMPEZAR, ¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

El propósito de este trabajo es ofrecer algunas ideas sobre los conceptos de “progreso” y de “barbarie”, cuyo tratamiento en la historia de la filosofía ha sido muy diverso.

Según las definiciones que encontramos en diccionarios y enciclopedias, “barbarie” significa en general el estado del llamado “bárbaro”, es decir, de quien se supone falto de civilización. También se usa para referirse al estado de incultura de un pueblo.

El concepto fue utilizado por Morgan (Ancien Society) para distinguir en el desarrollo de la humanidad un estado intermedio entre el salvaje- considerado estado original- y el hombre civilizado. En otro sentido, el término “bárbaro” se asocia con salvaje, brutal o simplemente con extraño en cuanto a los usos culturales. Los antiguos griegos y romano se referían a los bárbaros como a otros pueblos que eran extraños a su cultura. Los romanos terminaron por emplear el término para designar a los pueblos germánicos que, en última instancia, contribuyeron a la decadencia del imperio en el siglo V. En nuestros días es frecuente encontrar el término “barbarie” asociado a muchas situaciones lamentables como, por ejemplo, los hechos ocurridos en la guerra de la antigua Yugoslavia o los que todavía recordamos de la barbarie nazi.

Por el contrario “progreso” se considera en términos generales de una manera positiva. Se emplea para referirse al proceso por el cual se pasa de una circunstancia determinada a otra mejor. Sin embargo, algunos autores en la historia del pensamiento occidental han considerado el progreso como un camino hacia la decadencia del ser humano. Este es el caso, entre otros, de Rousseau. La idea de progreso aparece en el siglo XVII de la mano de algunos intelectuales que encontraron en los descubrimientos científicos la solución a los males del hombre. Partiendo de la idea de evolución histórica, se consideraba la posibilidad de un progreso indefinido amparado por las ilimitadas capacidades de la racionalidad humana. Marvin Harris nos recuerda que la idea de progreso se convirtió en tema común entre los ilustrados, quienes pretendían aportar cientificidad a las teorías de las diferencias culturales. El descubrimiento de América supuso un cierto impacto al poner de manifiesto la variedad que existía de usos culturales tan sumamente diferentes de los europeos. Se entendía que las culturas diferían en niveles de conocimiento y, por tanto, cabía hablar de una línea de desarrollo que empezaría en etapas “no civilizadas” para llegar hasta etapas “civilizadas”. Los pensadores de los siglos XVII y XVIII las llamaron, respectivamente, “estado natural” y “estado social”. En la actualidad el progreso aparece más bien con relación a conceptos como el desarrollo económico, la modernización o la civilización. Estas ideas, que se presentan como positivas en sí mismas, llevan aparejados problemas que afectan a gran parte de la población mundial. El desarrollo económico no significa reparto equitativo de la riqueza, la modernización no ha conseguido cubrir las más elementales necesidades de todos los pueblos del planeta y la civilización se ve amenazada por la creciente violencia indiscriminada.

Aunque aparentemente contrapuestos, los conceptos de barbarie y progreso pueden ser tratados conjuntamente, ya que en cierto modo son como las dos caras de una moneda: donde predomina el progreso, ha desaparecido la barbarie; o bien, donde predomina la barbarie, es preciso introducir formas de progreso. Una de las épocas en las que más se ha destacado la idea de progreso, la Ilustración, incluye también el testimonio de autores que consideraron el progreso como origen de nuevas “barbaries”. Por otra parte, en la época de mayor progreso científico-tecnológico, el siglo XX, cabría esperar que se hubiera desterrado por completo cualquier forma de barbarie; sin embargo, no es así.

PARTE PRIMERA.

1.1. El siglo de las Luces: ¿Ilustrados o iluminados?

Cualquier referencia a la idea de progreso remite inmediatamente al periodo conocido como Ilustración o Siglo de las Luces, llamado así porque se exige “iluminación” (claridad y conocimiento) en todos los ámbitos de la vida humana. La razón, como una gran “lámpara”, alumbra la vida de los hombres. Como dice M. Harris: “La palabra “progreso” es un componente esencial de vocabulario de la Ilustración. Los filósofos la emplearon para infundir un sentido de satisfacción moral a ciertas tendencias evolutivas”. La Ilustración es el nombre otorgado a un movimiento cultural que se desarrolla a lo largo del siglo XVIII. Se considera como inicio la revolución inglesa de 1688 y como fin los primeros momentos de la revolución francesa de 1789. En términos generales podemos decir que para los ilustrados del siglo XVIII el progreso era la forma que tenían los pueblos de salir de la barbarie, entendida como situación de incultura o también de sometimiento a poderes arbitrarios.

El Siglo de las Luces es un momento histórico en el que tanto el contexto político como el social sufren grandes cambios: el surgimiento de nuevas potencias, la importancia de las colonias como soporte económico o el naciente empuje de la burguesía son algunos ejemplos. Por otra parte, la ciencia se convierte en paradigma de conocimiento. Dos siglos antes se había iniciado una nueva forma de asumir el conocimiento científico y las aportaciones de Newton, el investigador más destacado de su tiempo, le dan el gran espaldarazo, contribuyendo a aumentar la confianza en la razón y en el progreso a que puede conducir la ciencia. Un autor contemporáneo que se ha dedicado a la difusión de la ciencia, Asimov, escribe en Momentos estelares de la ciencia que considera a Newton como el científico más importante en la historia de la humanidad, puesto que sus aportaciones no son sólo valiosas en sí mismas, sino que suponen la apertura de nuevas perspectivas científicas, determinantes en el avance del conocimiento humano y, por tanto, del progreso. Hay que destacar, pues, la importancia “psicológica” de las contribuciones de Newton, al demostrar que todos los cuerpos celestes están sometidos a las mismas leyes que los objetos del mundo en el que vivimos. Además, la aplicación de las matemáticas a la investigación física constituye uno de los acontecimientos más celebrados en el panorama científico. Newton consiguió también romper el “cordón umbilical” con las autoridades del pasado, especialmente Aristóteles, abriendo la puerta de manera irreversible a la ciencia moderna.

Otros rasgos que definen el movimiento ilustrado son la crítica a la religión y a la intolerancia, que desembocará en la asunción, más o menos generalizada, de la llamada “religión natural” y la adopción de nuevas ideas política, entre las que destaca el “pacto social”. La religión natural es una nueva forma de expresar la fe, adecuándola a la razón humana. Se trata de una religión que contiene principios y verdades que no son incompatibles con la religión revelada. Se considera que Dios es el creador de todo cuanto existe, pero a partir de ahí el hombre actúa según le dicta su propia razón. Esta idea contribuye a combatir las supersticiones que habían predominado en la Europa medieval. En cuanto al pacto social, es una idea común a muchos pensadores de los siglos XVII y XVIII, según la cual los hombres establecen un contrato o pacto por el que se crean las leyes y las normas de la sociedad. En la Ilustración el filósofo estará muy interesado por la acción política, por el análisis de las costumbres y las sociedades, será amante de la literatura y el arte en general. Sin embargo, pese a todas estas aportaciones, si por algo destaca especialmente el Siglo de las Luces es por la absoluta confianza depositada en la razón humana y por defender el progreso continuado e irreversible para el hombre. Ambas ideas se implican mutuamente.

La razón es uno de los conceptos clave de la Ilustración. En momentos anteriores se la había considerado como el distintivo propio del ser humano-y, por tanto, lo que lo diferenciaba de los animales- o como capacidad humana indiscutible pero sometida al poder eclesiástico o civil. En el siglo XVII predomina una teoría filosófica denominada Racionalismo en la que se entiende la razón como el único medio de obtener conocimiento. En este sentido, los racionalistas admiten la existencia de ideas innatas, es decir, ideas que ya posee la persona desde su nacimiento. Si esto es así, sería posible conocer todo desde la propia razón de cada hombre, por lo que los datos que proceden de fuera del individuo sobran o no son necesarios para el conocimiento. A diferencia de los racionalistas, los empiristas afirman que la única fuente posible de conocimiento es la experiencia y que las ideas innatas no existen. La idea de razón en la Ilustración es diferente de la que emplean los racionalistas, porque es susceptible de desarrollo, está apoyada en los datos empíricos y alejada de los prejuicios. Esta razón ilustrada sirva para organizar adecuadamente la vida social, la moralidad y la política y su instrumento propio será la educación. Los ilustrados admiten que la capacidad racional es igual en todos los hombres, por lo que las diferencias en distintos niveles de civilización hay que achacarlas a diferencias en el uso de la razón. Este concepto de razón sustenta la optimista idea del progreso de la humanidad.

El progreso se convierte en eje y guía para los pensadores ilustrados, siendo considerado por la mayoría de los autores como un proceso en el que la racionalización acabará por imponerse a las supersticiones, la intolerancia y otros males que la historia anterior había sufrido. Los ilustrados entienden la historia humana en términos evolutivos, de manera que el hombre es visto como sometido a un proceso inevitable de perfeccionamiento en el que juegan el papel determinante la razón y la ciencia. Se entiende que forman una línea común el avance científico y el desarrollo social y moral. Estas ideas serán el origen de la filosofía de la historia. Se trata de un análisis más científico, hasta el punto que Voltaire dirá en su Diccionario filosófico que la historia es “…la relación de los hechos que se consideran verdaderos…”.

Los filósofos de la Ilustración defienden la convicción de que los hombres habían pasado por una etapa anterior en la evolución cultural a la que llamaban “estado de naturaleza” y que se caracterizaba por la simplicidad en las formas de organización y la ausencia de instituciones y jerarquías. Se aceptaba también que la capacidad racional del hombre le había impulsado a progresar hasta llegar el momento actual de desarrollo social. Esta idea era compartida, pese a las diferencias en la manera de entender el sentido del “hombre natural”: Hobbes presenta un hombre naturalmente “malo”; Rousseau, por el contrario, propone el “buen salvaje”, por poner sólo dos ejemplos. Así, se habla de civilización como la aceptación de los nuevos valores culturales. Los ilustrados consideran que todos los pueblos deben ser llevados a la Ilustración, etapa cumbre de la civilización. El progreso, tal como se concibe en el Siglo de las Luces, va indisolublemente unido a la educación, como tarea que cada hombre individualmente se impone para contribuir a que la sociedad se rija por criterios de racionalidad.

1.2. Rousseau: el filósofo contra todos.

Rousseau (1712-1778) es uno de los pensadores de la Ilustración más conocido y que mayor repercusión ha tenido en autores posteriores. Sin embargo, no sigue los parámetros del pensamiento ilustrado en dos importantes puntos: defiende el sentimiento y la pasión frente a la razón, y critica el progreso por considerarlo el origen de los males de la humanidad. De él dijo Voltaire en una de sus cartas:”Pienso de Rousseau como de los judíos: están locos pero no hay que quemarlos”.

En su Discurso sobre las Ciencias y las Artes Rousseau denuncia que el progreso ha contribuido a fomentar y extender los vicios y corrupciones entre los hombres

(“…nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencia y nuestras artes han avanzado a la perfección”). Esta afirmación hubiera sido menos impactante de no ser por el momento en que fue pronunciada. Lo que para otros pensadores ilustrados es signo de progreso hacia mayores logros del ser humano, para Rousseau será, más bien, muestra de que el hombre está cayendo en una nueva barbarie. Esta barbarie se puede resumir en la idea de que si bien la ciencia y la técnica han avanzado, la moralidad y la felicidad no corren parejas a tal desarrollo. Para Rousseau, el progreso ha empeorado la condición moral y, en consecuencia, ha contribuido a la decadencia del hombre. A diferencia de los otros “philosophes” de su tiempo, entusiasmados por la idea de que la razón había iniciado el camino irreversible hacia la perfección del ser humano, Rousseau propone la vuelta al estado original del hombre. Piensa que el ser humano ha evolucionado desde un estado originario- estado de naturaleza- en el que se regía por criterios de libertad y espontaneidad hasta otro- el estado social- caracterizado por la sumisión a las leyes. En el proceso el hombre pierde sus cualidades originales y las sustituye por rasgos como la hipocresía, el “parecer” frente al “ser” del hombre natural. En Rousseau domina, pues, la creencia de que la naturaleza original del hombre ha sido sustituida por la corrupción de la sociedad moderna. La sociedad se ha convertido en un medio hostil al hombre, ha degenerado hasta el punto de hacer que el hombre pierda todo su contacto con su naturaleza original. De manera que la única solución estaría en regresar a esa naturaleza.

Rousseau comparte con otros pensadores de su tiempo la distinción fundamental entre un “estado de naturaleza” y un “estado social”. El estado de natural es un concepto teórico que define la vida del hombre con anterioridad a su constitución como ser social y que se considera la condición originaria de la humanidad. Es un estado en el que vive plenamente feliz, bueno y sano, no posee moralidad, porque no la necesita y predomina en él el “amor de sí” o autoconservación. El estado social, por el contrario, se refiere a la situación presente en que se encuentra el hombre, desaparece la bondad y la satisfacción, incluso la salud, y domina en él el sentimiento de “amor propio” o egoísmo. La pregunta que se hace Rousseau a partir de los elementos definidos es cómo se comprende la transición desde un estado “feliz” a un estado “infeliz”. La solución, no obstante, no será simplista: no se trata de regresar al estado de naturaleza en el que no hay leyes, no reglas, ni orden. Sería como caer en la barbarie. Por el contrario, la solución que propone será el contrato social, entendido como expresión de la voluntad general, a diferencia de Hobbes, para quien el contrato se establece en términos de sumisión y alienación. Alienación es un concepto que tiene matices diferentes según el autor que lo utiliza. En general significa que alguien se separa de lo que le corresponde originalmente o que transmite a otro sus derechos. Hobbes había dicho que en el “estado de naturaleza” los hombres estaban en permanente guerra unos contra otros, por lo que el pacto social conseguía solucionar estos problemas al establecer las leyes para todos los individuos. Pero, en su caso, los hombres deben renunciar a sus derechos a favor del soberano que tendrá todos los privilegios. La alienación significaría, entonces, que el hombre deja de poseer su propio poder y capacidad de decisión, porque se lo otorga al Estado, representado por el monarca absoluto. Rousseau, por el contrario, entiende que el contrato no elimina los derechos de los hombres, sino que sustituye la libertad natural por la libertad social basada en las leyes que los hombres se dan a sí mismos. Se evita así tanto la barbarie de un estado sin leyes como la barbarie de una sociedad corrompida.

1. 3. Kant: tengo razón, ¿pasa algo?

Una de las características que más define a Kant (1724-1804) es su afán por el conocimiento. Otra, su absoluta y convencida devoción por la razón. Este filósofo domina gran parte del saber de su tiempo y constituye el intento más logrado de sintetiza las dos grandes corrientes del pensamiento moderno, racionalismo y empirismo. En sus primeros años de dedicación a la filosofía estuvo vinculado al racionalismo. Pero, a partir de las lecturas de la obra del empirista Hume, adoptó también el empirismo como parte de sus ideas y así llegó a afirmar que el conocimiento sólo es posible cuando concurren a la vez la razón del individuo y la experiencia de la que extraer datos. Esta es una de las grandes aportaciones de Kant, así como también la consecuencia que se deriva de ella, a saber, que la metafísica ( o saber acerca de realidades que están más allá del mundo físico) no puede ser una ciencia, aunque sí puede ser parte de la vida intelectual y moral del hombre.

Como pensador ilustrado podemos decir que su pensamiento pertenece plenamente al Siglo de las Luces, ya que asume los rasgos que le identifican con este período. A pesar de ello, se diferencia en un rasgo notable y es la sistematicidad rigurosa de toda su obra, característica que no está presente en otros autores de su tiempo. El movimiento ilustrado alemán, iniciado por Leibniz, aparece con retraso respecto a los países en que se había originado y estará fuertemente marcado por la influencia francesa. Predominan las ideas optimistas y de progreso y se toma como modelo el empirismo de Newton. Destacan también los ideales de tolerancia religiosa y rebeldía frente al poder arbitrario de los monarcas. Kant asumirá la plena confianza en la razón, siempre y cuando no sobrepase los límites de la experiencia; se interesará por la ciencia natural y destacará la importancia otorgada a la experimentación para el desarrollo del conocimiento; será partidario del deísmo y del liberalismo político. El deísmo es una doctrina religiosa que reconoce la existencia de un Dios creador del mundo, pero son influencia posterior sobre éste y que puede ser conocido por medio de la razón. El liberalismo es una doctrina que parte del reconocimiento básico del derecho a la libertad para todos los hombres y que se aplica en distintos ámbitos, como el económico, el religioso o el político. El liberalismo político en tiempos de la Ilustración se caracterizaba sobre todo por la lucha contra las monarquías absolutas y los regímenes feudales, al mismo tiempo que defendía derechos básicos como la libertad, la igualdad y, más tarde, la propiedad.

Para Kant, la Ilustración es la mayoría de edad de la razón. Considera que es la época en la que el ser humano ha alcanzado el dominio de sí mismo y de cuanto le rodea en base al uso racional de sus facultades. Los ideales que la Ilustración había defendido son asumidos por Kant con entusiasmo. Bajo el lema Sapere aude, atrévete a pensar. Kant percibe en la Ilustración la posibilidad de iniciar una era bajo el dominio de la razón y la autonomía del hombre. Asimismo, participa del optimismo por la idea de progreso, considerándolo la prueba patente de que la sociedad es capaz de evolucionar hacia la plena racionalidad. En su obra Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? Kant destaca la importancia de razonar en libertad. Este es el sentido que otorga a su expresión “salir de la minoría de edad”: se trata de pensar por sí mismo. A esto añade Kant el hecho de que el pensamiento libre es condición del progreso que la naturaleza humana se exige a sí misma, porque lo contario sería, como él dijo, “un crimen contra la naturaleza humana, cuya destinación originaria consiste precisamente en ese progresar…”.

PARTE SEGUNDA.

2.1. El auge de la ciencia y la técnica: hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad…

El título de este apartado, tomado de una famosa zarzuela, nos lleva a pensar que el desarrollo de la ciencia (y de la técnica) ha sido espectacular y, a veces, casi sobrecogedor. A menudo se suele considerar que la ciencia y la técnica equivalen a progreso o, lo que es lo mismo, que la evolución de la ciencia constituye el progreso humano. En este sentido, se ha hablado del “mito del progreso indefinido” como la creencia de que el futuro es siempre mejor que el pasado. Sin embargo, el desarrollo científico-técnico suele llevar aparejados también problemas éticos, ecológicos o económicos, entre otros. Si el progreso se entiende como los efectos positivos de los avances y descubrimientos, las consecuencias negativas o perjudiciales que derivan de él pueden calificarse como barbarie.

2.2. Ciencia y técnica como progreso: una historia incompleta.

Si atendemos a la historia de la ciencia, vemos que está plagada de momentos “cumbre”, definidos por descubrimientos, avances y mejoras en la investigación a los que podemos calificar de “progresos”. En la Antigüedad, Mesopotamia, Egipto y Babilonia inician el camino de la ciencia con aportaciones sobre astronomía, matemáticas, medicina, química y farmacología. Grecia nos ha dejado múltiples legados, siendo el primero y más importante el origen de una nueva manera de aproximarse a la realidad con la razón y no con el mito. Tales de Mileto inaugura el pensamiento racional y elabora técnicas para aprovechar el agua de los ríos y para defenderse de los enemigos; Pitágoras convirtió la matemática en una disciplina esencial para el conocimiento científico y postuló una Tierra esférica; Hipócrates atribuyó causas naturales a las enfermedades y aprendió a tratarlas en consecuencia. Aristóteles estableció un sistema cuya vigencia perduró hasta el Renacimiento y se convirtió en la “autoridad” por definición. Abarcó casi todos los campos del saber y su cosmología ofrecía una visión geocéntrica de la Tierra, idea que prevaleció durante varios siglos.

Al morir Alejandro Magno, el centro cultural de la Antigüedad se traslada a Alejandría y aparecen nuevas figuras del desarrollo científico. Euclides sintetizó la geometría en forma de axiomas, postulados y definiciones y fue también, al igual que Aristóteles, el modelo a seguir por mucho tiempo. Aristarco de Samos rompe con la idea aristotélica y propone un sistema planetario heliocéntrico; algo más de cien años después, Hiparco de Nicea vuelve a situar la Tierra en el centro del sistema y construye la teoría de los epiciclos (círculos que describen los planetas que giran alrededor de la Tierra, según los sistemas geocéntricos). Ptolomeo perfecciona la teoría geocéntrica de Hiparco. Podríamos destacar muchos nombres más: Eratóstenes, Arquímedes, Apolonio de Pérgamo, Teofrasto, Galeno. Todos ellos supusieron, en su momento, un gran progreso.

Durante la Edad Media y parte de Renacimiento, el conocimiento estuvo en manos de las “autoridades” del pasado de manera que la física admitida sigue siendo la aristotélica. Destacan en este tiempo las investigaciones astronómicas de los mayas, que han impresionado a estudiosos actuales por su exactitud, y la ciencia árabe, que conoció y combinó los mejores elementos de diversas culturas. Los árabes aportaron el número cero que, a su vez, habían recogido de la ciencia india, y sustituyeron la numeración romana por la arábiga. La recuperación de algunas obras de la Antigüedad, el invento de la imprenta y los contactos con otros mundos y culturas generan nuevos intereses en el campo de la investigación.

El Renacimiento es una época de enorme progreso científico. A mediados del siglo XV Nicolás de Cusa postuló la posibilidad de que la Tierra no fuera un planeta inmóvil en el centro del cosmos. Casi un siglo después, Copérnico revoluciona la astronomía al proponer que los planetas, entre los que se incluye la Tierra, dan vueltas alrededor del Sol. A finales del mismo siglo, Francis Bacon y su experimentación abren paso definitivamente a la nueva ciencia, que será ya irreversible. Galileo, en el siglo XVI, será una de las figuras determinantes en el panorama de los nuevos tiempos y, a pesar de ser condenado por sus ideas, demostró la certeza del sistema copernicano. A finales de este siglo comienza a abrirse el campo para dar paso a nuevas aportaciones que permitieran romper la dominación de conocimientos que se demostraban insuficientes o claramente alejados de la realidad.

El siglo XVII es testigo de constantes descubrimientos en el ámbito científico, algunos de los cuales son las leyes del movimiento elíptico de los planetas que elabora Kepler, la circulación mayor de la sangre que descubre Harvey, los estudios sobre presión atmosférica de Pascal y Torricelli, incluso las leyes de refracción luminosa y el mecanicismo propuestos por Descartes.

A partir del siglo XVIII la introducción de nuevos métodos de investigación, la progresiva aparición de instrumentos y la carencia de imposiciones permitió el auge y desarrollo de la ciencia natural. Desde la Ilustración, ciencia y técnica se convierten en inseparables del quehacer humano porque la posibilidad de entender las leyes que rigen el universo físico permite aplicarlas y convertirlas en instrumento de progreso. Destacan aquí las investigaciones de Leibniz, aunque el momento cumbre de la ciencia de este siglo lo constituye Newton.

El siglo XIX vio nacer las llamadas ciencias sociales, motivado sobre todo por la creciente industrialización y los cambios sociales que ésta conlleva. Al mismo tiempo, la biología se revoluciona con las teorías de Darwin, mientras que la física, la química, la medicina, la farmacología y la matemática inician un despegue imparable en lo que a desarrollo de nuevos conocimientos se refiere.

El siglo XX, por fin, ha sido testigo de una gran cantidad de descubrimientos científico-técnicos, la mayor parte de los cuales podrían ser pura fantasía hace menos de 50 años. Por citar sólo algunos campos en permanente expansión, hablemos de genética. La manipulación de alimentos hará que muchos productos sean más resistentes a plagas o climas extremos y más nutritivos para el ser humano; por otra parte, su aplicación en la reproducción humana puede contribuir al control de ciertas enfermedades degenerativas o a la detección y curación, en su caso, de futuros problemas del niño o de la madre (no entramos ahora en la vertiente ética de este campo). En informática vemos que cada vez aparecen nuevos y más rápidos sistemas de procesamiento de datos e, incluso, se investiga ya la posibilidad de construir un ordenador capaz de reconocer y reproducir emociones humanas; por no hablar de la llamada “cirugía informática”, técnica capaz de reconstruir por ordenador los rasgos de una persona fallecida siglos atrás. En lo que atañe a sistemas de comunicación, al hacerlos dependientes de los satélites espaciales se permite generar métodos de comunicación a larga distancia, como el teléfono móvil que mantiene la cobertura en cualquier lugar del mundo. Un caso paradigmático en la comunicación humana lo ha constituido INTERNET, una red internacional (ésta es la traducción del término) que permite acceder a cualquier tipo de información disponible por todo el planeta en cuestión de pocos minutos y con un coste relativamente bajo. En cuanto a investigación espacial, ya está en marcha la construcción de una estación permanente para el desarrollo de la investigación y que sirva de puente para la exploración de otros lugares del universo. Otro campo es el de las nuevas energías, por ejemplo la eólica que utiliza la fuerza del viento, con las que suplir las carencias y los altísimos costes de algunas de las fuentes actuales, así como evitar las formas de contaminación que nos amenazan cotidianamente.

En otro orden de cosas, la medicina o la microbiología son otros ámbitos de exploración en desarrollo. Es indudable que los avances en la curación de enfermedades, la creación de vacunas, la posibilidad de sustituir partes del cuerpo que han perdido su función por elementos artificiales, como en el caso de las válvulas cardíacas o las manos articuladas, han contribuido a mejorar la calidad de vida de las personas. Podemos hablar de las nuevas aportaciones de la psicología, tendentes a mejorar la “salud mental” de las personas, de la fisiología, que cada vez nos descubre más cosas de los procesos mentales que rigen nuestro comportamiento inteligente, de las técnicas quirúrgicas por medio de láser, menos agresivas para el organismo y de rápida recuperación, sin apenas postoperatorio y sin las complicaciones derivadas de la aplicación de anestesia. El panorama parece inacabable, porque la ciencia actual se caracteriza por su especialización y su crecimiento exponencial, es decir, que crece cada vez más rápidamente. Y esto nos lleva a preguntarnos si no habremos abierto la caja de Pandora, o lo que es igual, si el tremendo desarrollo que observamos a diario no tendrá repercusiones negativas para el ser humano.

2.3. Ciencia y técnica como barbarie: la otra cara de la moneda.

La pregunta indirecta con la que cerramos el apartado anterior parece tener una respuesta afirmativa. La humanidad ha ido logrando con el paso del tiempo gran cantidad de avances científicos y tecnológicos que hemos calificado de progreso, pero debemos preguntarnos también qué consecuencias se desprenden de tales avances. El desarrollo científico-tecnológico no puede ser analizado únicamente desde las repercusiones que tiene para el contexto cultural e histórico en el que ocurren, porque la ciencia y la técnica tienen efectos directos e indirectos sobre la sociedad, tanto positivos como negativos. Desde el siglo XVI hasta el XIX, la ciencia era sinónimo de progreso porque los nuevos avances hacían pensar en mejoras de las condiciones de vida para los seres humanos. Sin embargo, los acontecimientos ocurridos en el siglo XX han puesto de relieve que el uso que se hace de la ciencia tiene efectos que ponen en peligro la propia existencia del ser humano. El riesgo de una guerra nuclear y el reparto desigual de los avances médicos son ejemplos de ello. Más arriba señalábamos que la mayor parte de los conflictos motivados por el desarrollo científico-técnico son de carácter ético, ecológico o económico y, sin temor a equivocarnos, podemos considerarlos las “nuevas barbaries”.

En lo referente a problemas éticos hemos de considerar, en primer lugar y de manera general, que el potencial que poseen la ciencia y la técnica puede ser empleado tanto para, por ejemplo, abastecer de energía a la población de una ciudad, como para crear armas de destrucción masiva. Cuando intentamos una reflexión ética sobre la ciencia, la manipulación genética y la experimentación con animales o incluso con humanos son algunos de los temas que primero se nos presentan. Pero no los únicos. Ciertamente, la posibilidad de clonar (obtener células idénticas a partir de un progenitor) personas ha desatado una gran polémica en la que se mezclan condicionantes éticos y, también ideológicos. La experimentación con animales obedece a criterios morales: no se puede hacer con humanos lo que se hace con perros, gatos, ratones o palomas. Las organizaciones de defensa de los animales llevan mucho tiempo protestando por ello, mientras los científicos alegan que los experimentos tienen por objeto lograr mejoras para la vida humana. Sin embargo, de manera más o menos abierta, también se experimenta con seres humanos. El caso más conocido tiene que ver con las pruebas de los efectos de los fármacos. Después de todo un proceso en el que intervienen factores de control del producto y pruebas con animales, un grupo de personas se somete a la acción del medicamento en cuestión, mientras que otro grupo ingiere, al mismo tiempo, un “placebo” (un producto, generalmente agua con algún colorante o edulcorante, que no tiene ningún tipo de consecuencia sobre el organismo). Ninguno de los sujetos sabe lo que está tomando, con lo cual los efectos que se produzcan serán genuinos y atribuibles a la medicación. En este caso, las personas han decidido voluntariamente participar en el experimento y antes se les ha explicado claramente todo lo que tiene derecho a conocer sobre el asunto, especialmente la posibilidad de renunciar en cualquier fase del proceso.

Hay otros casos en los que las personas sometidas a pruebas de diversos tipos ni siquiera saben que están participando en ellas. Por citar sólo alguno de los más notables ejemplos en la historia de la ciencia reciente hablaríamos de los experimentos de publicidad subliminal. La publicidad subliminal consiste en hacer que los individuos reciban propaganda de algún producto comercial introducida en las imágenes de cine o de televisión que están viendo, pero que se emite de manera que la persona no llega a ser consciente de haberla percibido. La palabra “subliminal” significa que está por debajo del límite de lo que es perceptible de forma consciente. Aun no siendo consciente, sí se es perceptivo. En un cine norteamericano donde se hizo este experimento en la década de los 50, las personas que estaban viendo la película también “veían” imágenes en las que se les decía que debían beber “Coca-Cola”.Nadie fue consciente de ello, pero las ventas de este producto en el descanso de la proyección aumentaron en más de un 30%. Lógicamente, las consecuencias que este tipo de “ejercicios” de la ciencia tienen pueden ser muy negativas. Imaginemos, solamente, que se aplicara por sistema con consignas xenófobas, machistas o violentas. En la novela Un mundo feliz, su autor Aldous Huxley ya nos advertía sobre los peligros en los que puede desembocar una sociedad en la que los individuos, desde niños, son sometidos a “bombardeos” ideológicos de este tipo. Sí, es un mundo feliz, pero a costa de perder la libertad y la personalidad. ¿Compensa?

Por otra parte, ya hemos mencionado el enorme “éxito” que ha tenido INTERNET en pocos años. Y es cierto que constituye un sistema de comunicación, de información y de acceso al conocimiento magnífico y rápido. Sin embargo, esta red internacional a la que se accede por ordenador es, con demasiada frecuencia, un punto de encuentro para pederastas (personas que abusan sexualmente de niños), para terroristas que se intercambian “recetas” de construcción de bombas, para el negocio de armas y de espionaje industrial o para el negocio del sexo en todas sus formas y manifestaciones. Este sistema ofrece también los “chat” o foros de diálogo en los que se dan cita personas que hablan a distancia con otras a las que jamás conocerán. Estas conversaciones a distancia han provocado nuevas dependencias y centenares de personas se han convertido en adictos, actuando de manera similar a como lo puedan hacer los ludópatas.

Respecto a los problemas ecológicos, la ciencia y la técnica surgen en parte como afán de dominio del hombre sobre la naturaleza. Este dominio ha ido creciendo con el paso de los años, aumentando más cuantas mayores con las necesidades que tiene o cree tener el hombre. En consecuencia, los espacios naturales se han visto sometidos a procesos de degradación y desertización que en algunos puntos del planeta han llegado a ser irreversibles. La actuación desmesurada y descontrolada del ser humano sobre la naturaleza provoca graves deterioros y afecta sustancialmente a los recursos naturales y, por tanto, a las condiciones de vida del ser humano. En los últimos años nos estamos enfrentando a situaciones como la destrucción de la capa de ozono, es decir, la protección frente a radiaciones solares que pueden llegar a ser perjudiciales. El uso indiscriminado de determinados productos (aerosoles, gas de los frigoríficos) resulta demasiado agresivo y elimina paulatinamente esta capa protectora. Esta agresión continuada se relaciona también con el cambio climático, del que pueden derivarse graves amenazas para todos los seres vivos. Por otra parte, con demasiada frecuencia oímos hablar de la desaparición de la masa forestal y de especies animales. Una de las zonas más castigadas por esta situación es el Amazonas que, paradójicamente, es también- tal vez por poco tiempo- el pulmón de nuestro planeta. La eliminación de grandes espacios verdes de la cuenca del Amazonas tiene mucho que ver con la construcción de la enorme carretera que atraviesa el paraje y las industrias que pretenden instalarse en la zona que va dejando libre la selva. Esta situación trae consigo dos consecuencias desastrosas: una de ellas es la desaparición diaria de numerosas especies animales y vegetales, cuyo hábitat propio está siendo aniquilado, la otra es la también desaparición de tribus autóctonas que deben abandonar su forma de vida porque se les arrebata lo que para ellos es su hogar.

Otro tipo de problemas ecológicos tienen que ver con la producción y eliminación de residuos líquidos sólidos y la contaminación creciente de las zonas urbanas. Las grandes ciudades generan a diario ingente cantidades de basura de todo tipo, cuya eliminación constituye a menudo un conflicto para las autoridades. En algunas ciudades se ha creado un servicio municipal de recogida de todo tipo de residuos potencialmente contaminantes (pilas, radiografías, aceites industriales o de cocina, aerosoles, etc.) que muchas veces no sabemos dónde depositar. Tal vez éste sea el problema: dónde dejar ciertos productos que son dañinos para el medio ambiente. En general, carecemos de cultura del reciclado, pero también de medios para acostumbrarnos a esta actividad. Por otra parte, la contaminación afecta cada vez más a grandes núcleos urbanos y en algunos lugares del mundo las autoridades sanitarias han tenido que elaborar a toda prisa planes de emergencia para paliar el problema. En México D.F., cuya población supera los diez millones de habitantes, la contaminación del aire alcanza niveles de riesgo grave para la salud. En Francia el gobierno ordenó temporalmente restringir el uso de vehículos a motor en las ciudades de mayor número de habitantes para disminuir los niveles de contaminación. En el año 1997 se celebró en Kioto una cumbre internacional en la que se pretendía establecer un protocolo que estableciese medidas para la defensa del medio ambiente y el uso racional de las fuentes y los recursos naturales. Hubo pocos acuerdos, porque con frecuencia predominan intereses económicos sobre las necesidades vitales.

Los problemas económicos son otro tipo de situaciones que el progreso comporta. En la actualidad la ciencia está más orientada a convertirse en negocio que en ayuda desinteresada, porque parece haber abandonado los intereses humanitarios y ni siquiera se inquieta por mostrarse como un ideal de progreso, al igual que ocurrió en otros momentos históricos. En este sentido, podemos destacar el tema de la financiación de la investigación y los objetivos que persigue. Los objetivos de la investigación científica deberían estar incondicionalmente dirigidos a la mejora de las condiciones de vida de las personas sin distinción. Sin embargo, es frecuente observar que en muchos casos se investiga aquello que es rentable para los grupos socialmente dominantes, ero no para beneficio de toda la humanidad. Por otra parte, las inversiones necesarias para financiar la experimentación en cualquier campo científico-tecnológico son enormes y requieren el apoyo de empresas, instituciones y gobiernos. Esto hace que la investigación esté en ocasiones orientada hacia productos “rentables” o hacia los que se pueda sacar un partido adicional. Es más, algunos de los campos en expansión se financian porque de ellos se puede obtener un rendimiento, aunque el experimento original fracase. Un ejemplo cercano lo tenemos en la reciente (octubre de 1998) misión espacial de la NASA en la que participaban, entre otros, el español Pedro Duque y el astronauta John Glenn, que ya fue miembro de otros programas espaciales de los años 70. En este caso, la misión, cuyo objetivo aparente era realizar una serie de experimentos diversos, como los efectos de la ingravidez en personas ancianas (para lo cual participó Glenn, de más de 70 años de edad), buscaba también el relanzamiento de la carrera espacial. Los medios de comunicación hicieron un seguimiento continuado destacando sobre todo la figura del anciano astronauta y héroe nacional. Uno de los efectos que se esperaba provocar era que la publicidad generada por esta campaña inclinara favorablemente la balanza a favor de nuevos programas espaciales. Otro ejemplo, más dramático, lo encontramos en la denuncia que recientemente ha hecho un diputado de la Asamblea francesa. Afirma el político que algunos laboratorios farmacéuticos encargados de producir los medicamentos del tratamiento contra el SIDA no investigan para encontrar la vacuna que cure la enfermedad, porque sale más rentable económicamente que haya enfermos necesitados de medicinas.

Un caso más en el contexto de los problemas económicos relacionados con el progreso lo encontramos en el ámbito militar. Las armas son uno de los negocios que más dinero mueve en el mundo y que peores consecuencias tiene. La ciencia contribuye a ello, ya que existe una gran cantidad de descubrimientos científicos creados a propósito con fines militares. Podemos citar algún ejemplo histórico. En 1938 se descubrió la fisión nuclear, con la que se pudo crear la bomba A o atómica. Esta bomba, al igual que las de la fusión como la bomba H o las termonucleares, liberan una enorme cantidad de energía incontrolada. En 1939, un equipo de científicos entre los que estaba A. Einstein participaron en el llamado proyecto Manhattan, financiado por Estados Unidos para profundizar en la investigación de la energía nuclear. Este proyecto se inició al advertir Einstein al entonces presidente norteamericano, Roosevelt, que Alemania podría tener muy avanzada la investigación atómica. En 1942 se consiguió poner en marcha el primer reactor nuclear y el 16 de agosto se lanzó una bomba de tremendo potencial destructor sobre la población de Hiroshima y el 9 de agosto otra sobre Nagasaki. Oppenheimer, que gozó durante mucho tiempo de prestigio en el campo de la investigación atómica, se fue orientando progresivamente hacia posturas pacifistas al ver los efectos destructores del armamento nuclear. Esto motivó que el gobierno norteamericano le despojara de todos los títulos que había acumulado a lo largo de su carrera. En el mismo sentido podemos hablar de la etapa conocida como “guerra fría”, una situación de tensión diplomática entre Estados Unidos y la antigua U.R.S.S. que abarcó el período comprendido entre 1947 y 1991, año en que se disolvió la Unión Soviética. Esta etapa histórica se caracterizó fundamentalmente por la ausencia de enfrentamientos directos y por enormes inversiones e investigaciones para conseguir nuevas armas con las que “defenderse” de un hipotético ataque de la potencia contraria.

En la actualidad se arbitran campañas internaciones para evitar la producción y venta de muchos tipos de armas. En especial las llamadas minas- antipersonas, que causan cada año miles de muertos y mutilados. Se tata de minas ocultas bajo tierra en campos de cultivo o zonas de pasto para el ganado o de paso para las personas que estallan cuando se las pisa. Las recientes guerras que ha asolado distintos lugares del mundo, algunos tan cercanos a nosotros como la ex – Yugoslavia, han puesto de manifiesto la crueldad de estas minas, de las cuales quedan millones ocultas por todo el planeta. Sin embargo, los intereses económicos de algunos países productores de este tipo de armas han hecho que durante mucho tiempo se mantuviera su distribución, porque los costes de producción son mínimos, pero los beneficios-económicos, se entiende- son astronómicos.

PARA ACABAR: ¿QUÉ NOS QUEDA ESPERAR?

Si atendemos a lo que aparece en los medios de comunicación, deberíamos creer que existe un equilibrio dinámico en el que se alternan el progreso y la barbarie a partes iguales. Parece ser que el siglo XX es donde se dan cita al mismo tiempo la mayor evolución en materia científica y, por el contrario, también las mayores “barbaries”. Buena parte de responsabilidad sobre ese hecho la tiene el mal uso de la ciencia. Podemos entender que es progreso la posibilidad de crear formas de comunicación más rápidas y mejores, métodos más eficaces para curar enfermedades, fuentes de energía alternativas y sistemas de transporte no agresivos para la salud y el medio ambiente, nuevos alimentos preparados para desarrollarse en medios hostiles, etc. Pero sin duda es barbarie que éstos y otros avances que contribuyen a facilitar y mejorar la calidad de vida no lleguen por igual a todas las personas del planeta. Los ilustrados confiaban en le poder de la razón para guiar la vida de los hombres hacia metas más civilizadas. Pero no siempre la razón es usada en el mismo sentido y, desde luego, no siempre la razón es empleada bajo criterios de justicia o bondad. Hemos de ser conscientes de que el progreso científico-técnico no puede, por sí mismo, eliminar las desigualdades, la intolerancia o la injustita. Éste es el punto donde entran en juego la política y la ética. En la actualidad la mayor parte de los países desarrollados gozan de sistemas políticos democráticos., En teoría, la unión de progreso (materializado por el desarrollo) y democracia (igualdad para todos los miembros de una sociedad) podría dar como resultado el bienestar de los ciudadanos. La práctica, sin embargo, es bien distinta. Ya hemos mencionado que, si bien la ciencia ha contribuido a crear nuevas y mejores aportaciones para el ser humano, éstas no son igualmente accesibles y en esto tiene mucho que ver la economía. Los intereses económicos son, al mismo tiempo, el motor del desarrollo y el origen de las desigualdades más trágicas. Ni que decir tiene que en los países subdesarrollados y/o sujetos a regímenes políticos dictatoriales o, en general, intolerantes todavía se sufren peores condiciones de vida.

El pesimismo de que hacía gala Rousseau cuando hablaba de progreso y desarrollo de la sociedad puede aplicarse, aunque en menor medida, a otros pensadores más cercanos en el tiempo. Adorno, Marcuse y Horkheimer, entre otros, entenderán que el desarrollo de la razón, lejos de contribuir a la emancipación del hombre, ha desembocado en su dominio. Estos autores, iniciadores de la llamada Escuela de Frankfurt, buscan una explicación racional de la sociedad industrializada y de sus consecuencias. Se remontan a los ideales de racionalidad y progreso ilustrados los cuales, contando con el sometimiento de la ciencia y la técnica, desembocarían en la emancipación del hombre y en la instauración de un orden político justo. Sin embargo, encuentran que la sociedad industrial se rige por criterios de irracionalidad y sometimiento del hombre, en los que juega un papel predominante el desarrollo científico- técnico. Según estos pensadores, lo que ha ocurrido es que se ha impuesto una razón “técnico-instrumental”. Frente a este estado de cosas, si el conocimiento domina al hombre y lo somete a sus dictados, la solución puede venir de la autocrítica de la misma razón. Esta es la afirmación de la Teoría Crítica, proyecto al que se dedicó la Escuela de Frankfurt. Su finalidad sería la auténtica emancipación del ser humano realizada en la historia, la cual vendría a ser el proceso de la razón hacia su autoliberación. Se lograría así que el ser humano quedara libre del control de la ciencia y pudiera dedicarse a fomentar las relaciones humanas, constreñidas bajo el dominio de la razón científica.

Pese a todo lo dicho (y lo que queda en el tintero), no parece lo más sensato pretender que el progreso se convierta en nefasto para el ser humano. Tal vez sea necesario introducir algún tipo de control fundamentalmente ético y, desde luego, político, para que las sociedades- las personas- tomen las riendas y decidan lo que es mejor para ellas mismas. Tal vez las extrañas teorizaciones y las abstracciones en que se han convertido los avances y descubrimientos en cualquier campo del saber deban hacerse más asequibles para el común de los individuos, en lugar de ser parcelas cerradas, accesibles para unos e incomprensibles para la mayoría. Dice Feyerabend en Adiós a la razón: “…desarrollemos una nueva clase de conocimiento que sea humano no porque incorpore una idea abstracta de humanidad, sino porque todo el mundo pueda participar en su construcción y cambio, y empleemos este conocimiento para resolver los dos problemas pendientes…, el problema de la supervivencia y el problema de la paz”. Si entendemos que la ciencia, el conocimiento de cualquier clase, la evolución en el desarrollo de los saberes humanos es progreso, entonces podremos usarlo para evolucionar desde todas las formas de barbarie en que podamos caer.

En nuestro tiempo la violencia sin sentido parece ser la forma más frecuente de barbarie y, en la mayoría de los casos en que se produce, está relacionada con un bajo nivel cultural. Un ejemplo desgraciadamente habitual lo encontramos en los campos de fútbol, donde podemos ver a individuos que exhiben simbologías nazis y manifiestan una agresividad más propia de seres atacados de algún mal de rabia que de seres humanos supuestamente inteligentes. Estos mismos individuos son capaces de agredir a quien no piensa o siente como ellos, con lo que la excusa de un enfrentamiento deportivo oculta a menudo otras motivaciones para la agresión. En este sentido, puede ser que la solución a los problemas consista no tanto en aspirar a espectaculares descubrimientos científicos, sino en crear mecanismos, medios y oportunidades para el más fundamental y básico desarrollo cultural y, por supuesto, moral. Como decía Gloria Fuertes, el niño que tiene cariño y un libro, de mayor no necesita un arma en la mano.