ImmanuelKant [140x140]  Para el filósofo alemán Inmanuel Kant, la bondad o maldad de nuestras acciones no reside en aquello que concretamente hacemos, sino en la intención con que lo hacemos. Es bueno lo que hacemos con buena voluntad.

Por tanto, la moralidad es el sentido del deber que sale de uno mismo, no del exterior. Es nuestra propia conciencia la que nos impone como buena una acción. Es la autonomía de la conciencia del individuo la que marca el camino a seguir.

Kant nos dice que seguir leyes, normas o mandamientos impuestos por otros

(heteronomía) no es cuestión de buena voluntad, sino ir a lo práctico: no robo porque está prohibido y penado con la cárcel; me esfuerzo en realizar bien mi trabajo en la fábrica para que no me despidan; o me esfuerzo en los estudios para que estén contentos en casa. Las leyes exteriores a mi conciencia pueden ser tanto mandamientos de una religión, leyes civiles o las pautas de lo que está bien visto según la opinión mayoritaria.

La verdadera moralidad nace del autoconvencimiento del propio sujeto: no robo, trabajo o estudio porque estoy convencido en conciencia de que ése es mi deber.

De forma innata, tenemos fijada en nuestra conciencia cuál es la forma que debe adoptar toda norma de conducta que nos autoimpongamos: actuar por humanidad, de forma desinteresada. De tal modo que estemos dispuestos a que las normas que nos autoimpongamos, también las puedan usar todos los demás para regir sus respectivas vidas. Existe un refrán que lo expresa con bastante fidelidad: “Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”.Es decir, no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti mismo. A esta forma la llama “imperativo categórico”.

No nos ordena qué hemos de hacer en concreto, eso lo debemos decidir nosotros. Sólo nos marca la forma que deben tener nuestras normas. Kant está firmemente convencido de que si todo el mundo actuara con buena voluntad, autoimponiéndose normas de conducta que se adaptasen a esta norma formal, la humanidad ciertamente iría mejor.

Muchas veces, cuando algo anda mal en nuestra sociedad: inseguridad ciudadana, falta de respeto por los espacios públicos, incumplimiento de las obligaciones de pagar impuestos, falta de interés del alumnado por los estudios… aparecen los que apelan a medidas coercitivas: más policías, mayores multas, padres, madres y profesores mejores o más estrictos… Pero también surgen otros que apelan a la concienciación y al autoconvencimiento de cada uno. Estos últimos estarían en la senda de la moral kantiana.

Sin embargo, para desarrollar esa conciencia hace falta ejercicio racional. Aplicamos nuestra facultad racional a la decisión de nuestras acciones. El convencimiento de cuál es nuestro deber moral proviene del atender a razones. Tal es el uso práctico de la razón, al que Kant llama Razón Práctica.

Veamos esto algo más detenidamente.

CRITI_RAZ_PRAT1. La Razón Práctica.

A finales del siglo XVIII, Kant propone un nuevo criterio moral. Considera evidente que los seres humanos desean ser felices y para lograrlo han de hacer uso de una razón prudencial y calculadora. Sin embargo, como las personas imaginamos nuestra felicidad de formas distintas, una razón de este tipo solo puede formular consejos: teniendo en cuenta cómo es cada persona, aconsejarle qué debe hacer para ser feliz.

Pero tenemos conciencia de que hay ciertos mandatos que debemos seguir, aunque no nos haga felices obedecerlos. Cuando digo que “no se debe matar” o que “no hay que ser hipócrita”, no estoy pensando en si seguir esos mandatos hace feliz, sino en que es inhumano actuar de otro modo. El asesino y el hipócrita no están actuando como auténticas personas.

Nuestra propia razón es la que nos da leyes sobre cómo comportarnos para ser personas auténticas. Por eso, esas leyes mandan sin condiciones, no prometen felicidad a cambio: solo prometen realizar la propia humanidad. De ahí que se expresen como (mandatos) imperativos categóricos, incondicionados, y no simplemente hipotéticos, condicionados a que alguien quiera ser feliz de un modo u otro. Ser persona es por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer serlo por encima de cualquier otra meta: en querer tener una buena voluntad. La razón que da esas leyes morales no es la prudencial ni la calculadora, sino la razón práctica, que orienta la acción de forma incondicionada.

2. El imperativo.

Para saber si una norma es una ley moral, dada por la razón práctica, y que puede, por tanto, expresarse como un imperativo categórico (como un mandato incondicionado), Kant propone someter cada norma a un test, que tiene tres pasos:

a) Universalidad. Será ley moral aquella que yo creo que todos los seres humanos deberían cumplir, porque respeta y promociona a seres que son valiosos en sí mismos

(absolutamente valiosos), es decir, que no valen para otra cosa (relativamente valiosos). De ahí el sentido del segundo paso.

b) Ha de proteger a seres que son fines en sí mismos, por tener valor absoluto y que, por lo tanto, no deben ser tratados como simples medios. Los únicos seres que son fines en sí son los seres racionales.

c) Ha de valer como norma para una legislación universal en un reino de fines. Dicho de otra forma: para dilucidar si una norma es ley moral, he de comprobar si querría que estuviera vigente en un reino en que todos los seres racionales se trataran entre sí como fines y no como medios.

Los tres pasos de este test se recogen en las llamadas formulaciones del imperativo categórico. Cada formulación se refiere a uno de los pasos del test que acabamos de ver, pero, en realidad, todas se implican mutuamente, pues cumpliendo una de ellas, se cumplen también necesariamente las otras dos.

            * Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.

            *Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.

            *Obra por máximas de un miembro legislador universal en un posible reino de los fines.

3. Autonomía y dignidad humana.

Si las personas somos capaces de darnos este tipo de leyes, que nos permiten superar el egoísmo y asumir la perspectiva de la universalidad, es decir, si somos capaces de ponernos en el lugar de cualquier otra persona a la hora de decidir si las acciones son morales p inmorales, entonces es que somos autónomas y no heterónomas. Es autónomo quien no se rige por lo que le dicen, por sus apetencias o por sus instintos (que al fin y al cabo él no elige tener), sino quien dirige su vida por un tipo de normas que cree que debería cumplir cualquier persona, le apetezca a él cumplirlas o no. Esas normas serán las propias de cualquier ser humano: nuestras normas.

Un ser capaz de actuar de este modo y que es valioso en sí mismo no puede venderse en el mercado por un precio, porque para eso habría de fijarle un equivalente. Podemos intercambiar un kilo de mandarinas por un lámpara, pero ¿por qué podemos intercambiar a un ser humano?, ¿cuál es su equivalente?, ¿cuál es su precio? La respuesta de Kant es que los seres humanos no tienen precio, no pueden intercambiarse por un equivalente, sino que tiene dignidad. Son dignos de todo respeto.

Todas las éticas actuales aceptan esta afirmación kantiana de que las personas son absolutamente valiosas, fines en sí, dotadas de dignidad y no intercambiables por un precio.

4. Tipos de deberes.

Se llaman deberes positivos aquellos que ordenan que se realice una determinada acción, por ejemplo: “se debe prestar auxilio a los heridos en un accidente”. En cambio, son deberes negativos aquellos que se formulan como una prohibición, mandando que no se debe hacer algo, por ejemplo, “no matarás”.

A los deberes negativos se les llama también “deberes perfectos”, porque son tajantes y apenas admiten matizaciones o excepciones, mientras que los deberes positivos son considerados como “deberes imperfecto”, más dependientes de las circunstancias y de las posibilidades cada cual.

Los deberes negativos o perfectos son los más básicos y prioritarios, puesto que tratan de evitar el mal. El primer deber es no hacer daño a otro y, a continuación, si se puede y en la medida en que se pueda, hacerle el bien. Los deberes negativos exigen su cumplimiento a todos, en todo momento y aunque cueste algún sacrificio.

Los deberes positivos o imperfectos no son tan exigentes, porque se puede hacer el bien en diversos grados: se puede ayudar al prójimo con más generosidad o con menos, sin que estemos obligados al propio perjuicio. Quien cumple los deberes positivos arriesgando su propia vida (“acciones supererogatorias”) está realizando una acción heroica que no puede exigirse a ninguna persona en concreto. En tal caso hablamos de que esa persona “cumplió con su deber más allá del límite exigible”.

5. Conflictos de deberes.

En ocasiones puede ocurrir que, en una misma situación, se tenga que optar entre dos deberes negativos o perfectos, que son igualmente básicos pero incompatibles entre sí. Por ejemplo, si tenemos que elegir entre respetar la vida de un psicópata asesino o defender a nuestra familia, amenazada por él. Estos casos son, naturalmente, excepcionales y entonces tenemos que optar por el “mal menor”. En este caso, si elegimos matar o agredir violentamente al psicópata, hacemos un mal, pero entendiendo que es un mal menor que el de dejar que muera alguien de nuestra familia. Esto no significa que aceptemos que es bueno matar o hacer uso de la violencia. Esas acciones siempre serán inhumanas y, por tanto, malas. Por eso, en estas situaciones límite es preciso sopesar todas las posibilidades con cuidado y elegir la mejor, que será la menos mala, asumiendo la responsabilidad de la decisión adoptada.