1. La Definición.

a) Ética y moral.

La palabra ética procede del griego "êthos" que significaba originariamente "morada", lugar donde vivimos o moramos, aunque posteriormente pasó a significar "carácter", "modo de ser" o "modo de estar" que una persona o grupo adquiere con el paso del tiempo. La lengua latina trasladaba estos significados mediante el término "mos, moris", de manera que el término castellano "moral", procedente del latín, ha sido utilizado para describir el carácter o modo de ser. Este carácter o modo de ser una persona o grupo no se consigue por ningún tipo de lotería o inspiración divina, sino mediante la práctica, por eso el término latino "mos, moris" significa también "costumbre". Así, en castellano utilizamos los términos "ética" y "moral" para designar el modo de ser o carácter adquirido como resultado de poner en práctica unas costumbres o hábitos de vida considerados buenos.

Debido a estas coincidencias etimológicas, las palabras "ética" y "moral" pueden ser utilizadas como intercambiables. En la vida cotidiana, cuando hablamos de la "ética de los pilotos" o "ética de los médicos" estamos diciendo lo mismo que si dijéramos "moral de los pilotos" o "moral de los médicos". Cuando decimos de alguien que su conducta o actuación ha sido "poco ética", equivale a "poco moral", es decir, se trata de una conducta contraria a costumbres o hábitos de vida considerados buenos. Estas coincidencias han hecho que los términos "ética" y "moral" sean sinónimos y, por lo tanto, que en el habla coloquial podamos utilizarlos indistintamente. Entonces, ¿por qué nosotros estudiamos en su momento "ética" y no estudiamos "moral"? Si son sinónimos e intercambiables los términos, ¿por qué la materia tenía el nombre de Ética y no el de Moral?, ¿por qué es más habitual encontrarse con libros sobre Ética que con libros sobre Moral?

b) Del monismo al pluralismo moral.

Una de las posibles explicaciones se encuentra en el hecho de que, si existiera una materia con el nombre de "Moral", incluiría el estudio de las costumbres, los códigos y las normas aceptadas mayoritariamente en una determinada sociedad. En una sociedad como la española, hasta la aprobación de la Constitución de 1978 no se daban las condiciones de pluralismo político y libertad religiosa. Al tratarse de un régimen político confesional, no solo las normas jurídicas, sino el conjunto de costumbres y normas de convivencia ciudadana procedían de la "moral católica". Hasta entonces, una conducta, una costumbre o una norma, eran consideradas correctas o buenas en la medida en que se ajustaban a la moral católica dominante.

Con la aprobación de la Constitución española de 1978, el Estado español deja de ser una Estado confesional y pasa a ser un Estado a-confesional. Esta forma de Estado garantiza jurídicamente la existencia de pluralidad de religiones, ideologías, creencias y costumbres, de manera que se establece un sistema político que reconoce el pluralismo moral. Aunque la vida de las personas, los grupos y las tradiciones siguiese estando orientada por una moral de origen religioso, esta moral concreta se verá obligada a coexistir y convivir con otros modos de entender el carácter, las costumbres y las normas. De esta forma, "la" moral católica deja de ser la moral obligatoria y se convierte en "una" moral más entre otras. En este contexto de pluralidad de proyectos de vida moral, surgió la necesidad de ofrecer una reflexión seria y rigurosa sobre el valor de la vida moral en sí misma considerada, con independencia de que se pudiese expresar culturalmente en una moral católica, en una moral luterana o, simplemente, en una moral cívica que pudiera valer a todos por igual.

Fue entonces cuando uno de los primeros gobiernos constitucionales elaboró una norma jurídica por la que en las escuelas se ofrecía la enseñanza de la Ética como "alternativa" a la Religión. Muchos creímos que no tenía ningún sentido hacer que una materia como la Ética se convirtiera en una alternativa a la Religión, como si la formación ética para ser un buen ciudadano y la formación religiosa para ser un buen creyente fueran procesos paralelos o divergentes. Fue una solución política de compromiso, que durante muchos años condicionó educativamente el futuro de la Ética y la Religión como "disciplinas". Eran tiempos de consenso, donde se buscaban soluciones de compromiso; y se buscó que la materia "Ética" fuera una verdadera moral común y para todos, con independencia de que se practicase o dejase de practicar religión alguna. Por aquellos años, Pedro Laín Entralgo describió como "moral civil" este proyecto de moral común y para todos:

"...moral civil es aquella que, cualesquiera que sean nuestras creencias últimas( una religión positiva, el agnosticismo, el ateísmo), debe obligarnos a colaborar lealmente en la perfección de los grupos sociales a los que de tejas abajo pertenezcamos: una entidad profesional, una ciudad, una nación unitaria, o, como empieza a ser nuestro caso, una nación de nacionalidades o regiones. Sin un consenso tácito entre los ciudadanos acerca de lo que sea esencialmente esa perfección, la moral civil no parece posible".

Con este proyecto de moral civil se pretendía que no hubiera una moral determinada- fuera religiosa o laica- que tuviera primacía sobre las demás. De esta forma se pasaba a una situación de monismo moral, donde una determinada moral dominante tenía primacía respecto a las demás, a una situación de pluralismo moral, donde pueden convivir armónicamente pluralidad de proyectos morales. La moral cívica a la que se refiere Laín establecía el marco de juego, las mínimas reglas básicas para que coexistan pluralidad de proyectos. De esta forma, cobraba cuerpo un tipo especial de Ética para sociedades pluralistas que- siguiendo al profesor José Luis López Aranguren- Adela Cortina calificó como "Ética Mínima". No se trataba de una moral poco ambiciosa, de "rebajas" o "descafeinada", para sociedades desanimadas, sino de un proyecto mínimo que incluyese unos mínimos comunes normativos que hicieran posible la expresión de los máximos morales de cada tradición, grupo o persona.

En una sociedad como la española, igual que había sucedido en otras sociedades europeas, era necesario articular la pluralidad de proyectos morales. De la misma manera que era inadmisible la imposición de una moral sobre las demás, también era inaceptable la dispersión y la disgregación de los proyectos morales. Esta dispersión ha sido presentada como "politeísmo" moral, porque describe, en terminología de M. Weber, una situación de proyectos morales irreconciliables, como si cada proyecto rindiese culto a un valor incompatible y en lucha, irreconciliable con los demás. El proyecto de una Ética cívica o Ética mínima persigue cierta armonía y articulación para que la pluralidad se convierta en pluralismo, para que la polifónica coexistencia se transforme en armónica convivencia.

c) Vida moral y reflexión ética.

Este ambicioso proyecto de moral común y para todos fue el que hizo posible la redacción de la Constitución española, y nuestros legisladores quisieron ofrecerlo como materia escolar en los años de Bachillerato. Durante los tres años que antes duraba el Bachillerato se distribuían unos conocimientos que coincidían con una Moral de la persona, de la convivencia y de las instituciones internacionales. Se trataba de unos conocimientos a los que no podían acceder quienes optasen por la enseñanza de una Religión que se mantenía en su formulación como "Religión y Moral Católica". Esta situación de alternativa no fue positiva ni para la enseñanza de la Religión ni para la enseñanza de la Ética, primero porque competían por una misma cuota de alumnos con la necesidad de realizar una oferta más atractiva, y segundo, porque fueron consideradas materias "no evaluables", de manera que sus conocimientos perdían no solo valor académico con respecto al resto de materias, sino credibilidad social.

Después de casi dos décadas de alternativa, y con una nueva legislación (LOGSE), la Ética se convierte en materia obligatoria en el último año de Educación Secundaria Obligatoria, con la denominación "Vida moral y reflexión ética". Al mantener las dos expresiones, "vida moral" y "reflexión ética", no solo se busca establecer la necesaria relación entre Praxis (vida) y teoría (reflexión), sino que se establece una diferencia de planos entre "la moral" y "la ética". La moral se mantiene en un ámbito de la vida cotidiana, un ámbito de actividades y prácticas diarias con los que habitualmente construimos nuestro carácter o modo de ser. La ética se la sitúa en un nivel reflexivo donde tomamos distancia del día a día, donde nos preguntamos por lo común y lo diferente a los proyectos morales, donde nos movemos en un nivel más argumental y lógico que vital o existencial.

Esta diferencia de planos no significa, ni mucho menos, que la moral sea irreflexiva o que solo puedan tener un comportamiento ético quienes tengan capacidad para argumentar lógicamente. Significa que podemos reservar el término "Moral" para responder a la pregunta "¿qué debemos hacer?" y el término "Ética" para la pregunta "¿por qué debemos hacer aquello que hacemos?".Técnicamente, podemos decir que el plano de la Moral describe el conjunto de principios, normas y valores que cada persona, grupo o generación transmite a la siguiente con la confianza de que es un buen legado de orientaciones sobre el modo de comportarse para conseguir una vida buena y justa.

El plano de la Ética no lo utilizaremos para describir un conjunto de problemas diferentes a los de la Moral: será el mismo conjunto de problema, pero situados en perspectiva filosófica. La Ética, por tanto, no tiene un objeto distinto a la Moral; se sigue ocupando de los principios, normas y valores que hacen digna la vida humana, pero lo hace con perspectiva filosófica. Muchos pensarán que para llevar una vida digna y feliz no es necesaria ninguna perspectiva filosófica, que bastante tienen con lo desmoralizarse en el día a día de sus tareas y ocupaciones. Eso es cierto, y otros muchos dirán que no necesitan ninguna Ética porque tienen bastante con la Moral que sus padres y abuelos les enseñaron. Ahora bien, la vida humana es lo suficientemente breve como para no dejarla en manos del azar, la improvisación o las recetas que valieron para otros tiempos, como si la Moral fuera un "solucionario" a las inquietudes que plantea la vida de cada uno.

La perspectiva filosófica es una posibilidad que tenemos a nuestro alcance para evitar que las razones de nuestras acciones caigan en una perspectiva acrítica o dogmática. La perspectiva filosófica no desplaza ni sustituye las orientaciones morales, las creencias o las convicciones que nos han transmitido nuestros mayores. Todo lo contrario, las enriquece porque descubre en ellas la verdad que las mantiene, es decir, saca a la luz aquellas orientaciones que han resistido el paso del tiempo. Esta perspectiva filosófica a la que nos referimos no puede ser considerada como una perspectiva especulativa o "teórica" ( en el sentido despectivo con el que habitualmente se suelen utilizar estas expresiones), sino como una oportunidad para fortalecer una vida moral que corre el riesgo de caer en las manos dogmáticas de múltiples perspectivas que nos exigen menos esfuerzo y dedicación, perspectivas como las comerciales, ideológicas, propagandísticas o terapéuticas, de las que no siempre somos conscientes.

La perspectiva filosófica no es una carga o hipoteca añadida a la vida moral sino una garantía de que las normas, principios y obligaciones con los que nos orientamos en el mundo han sido sometidos a la prueba de la libertad. La perspectiva de la libertad también nos garantiza que la Moral no es el resultado de azar biológico, la necesidad histórica o la lotería de los astros, sino de una arriesgada esperanza de vida abundante para todos. En este sentido, también podemos definir la Ética como reflexión filosófica que tiene por objeto la Moral, no como una moral concreta e histórica, sino como la dimensión moral de la vida. Así pues, teniendo en cuenta que pueden ser términos sinónimos y considerando que describen dos planos de análisis, podemos reservar el término Ética para describir la Filosofía Moral.

2. La Ética en el desarrollo personal.

a) Moral como estructura y Moral como contenido.

La Ética desempeña un papel importante en el desarrollo de nuestra personalidad. De la misma forma que no nos paramos a pensar lo importante que son los juegos en nuestra vida, tampoco nos paramos a pensar que hay un conjunto de reglas, normas y valores con los que vamos participando en el juego de la vida. A medida que vamos creciendo, vamos conociendo las reglas de un juego en el que poco a poco se nos van dando papeles importantes. Desde la infancia, en que somos espectadores de la vida, hasta la madurez, en la que somos protagonistas, las distintas fases de nuestro desarrollo son momentos en los que el tiempo actúa como el escoplo o la gubia de un escultor que va modelando nuestro carácter. En cada una de esas fases o edades de la vida, la Ética pone ante nosotros, como individuos y como especie, una pregunta fundamental: ¿quién soy yo?, ¿quiénes somos nosotros?

A diferencia de otros ámbitos del conocimiento que responden a la pregunta ¿qué es la naturaleza, la vida o la historia, la Ética nos pone delante de nosotros mismos no como algo más de lo que hay en el mundo, sino como alguien más que está en el mundo. ¿Por qué somos alguien y no algo?, ¿por qué somos personas y no objetos?, ¿cómo nos hacemos individuos?, ¿cómo nos convertimos en lo que Miguel de Unamuno llamaba, cuando se refería a sí mismo, "especie única"? Podemos evitar hacernos estas preguntas, pero no podemos dejar de reconocer que detrás de ellas se encuentra la posibilidad de que nos tomemos en serio la vida; no una vida cualquiera, sino nuestra vida. Ya no se trata de la vida de la que hablan los biólogos, ni de la vida de la que hablan los historiadores: se trata de aquello que hace la vida mía, de aquello que hace la vida nuestra, de encontrar un proyecto que haga la vida propia.

Quizá lo más fácil sea realizar un proyecto trazado por otros, andar por un camino que ya han andado otros, vivir la aventura de una vida que ya han vivido otros. Pero lo más arriesgado es encontrar un proyecto propio y original. Entonces podemos decir que se trata de un proyecto "auténtico", generador de "autenticidad". En cada momento de nuestra vida, la Ética nos pone delante de nuestro propio proyecto y nos permite situarlo junto a los proyectos de los demás.

Para poder realizar un juicio acertado sobre esa autenticidad de cada momento de nuestra vida, Xavier Zubiri y José Luis López Aranguren nos ofrecieron una distinción filosófica importante. Distinguieron entre "moral como estructura" y "moral como contenido" para describir las dos caras que tiene la Ética en el desarrollo personal. Por un lado, cada uno de nosotros ha crecido en un determinado ambiente moral: unas costumbres familiares, unas tradiciones educativas, unos ideales de vida. Estas costumbres, tradiciones o ideales son el contenido de nuestro proyecto de vida, aunque queramos olvidarnos de la familia, del colegio o los ideales con los que vamos viviendo, estos forman parte de nuestra identidad, son el sistema de preferencias que tenemos disponible para dar razón de nuestros actos. Con el contenido nos referimos al carácter adjetivo de la moral: una moral católica, luterana, liberal, etc. Por otro lado, cada uno de nosotros ha crecido apropiándose de unas posibilidades y dejando otras en el camino, seleccionando unas oportunidades y dejando al margen otras. Esta posibilidad de optar, seleccionar y elegir unas oportunidades frente a otras es propia del ser humano que está obligado a justificar sus actos. Mientras que en el animal este ajustamiento le viene dado, en el ser humano este ajustamiento es una tarea permanente. A este sentido de la justificación humana Zubiri lo llama "moral como estructura". Con la estructura nos referimos al carácter de sustantivo que hay en el término moral: Moral católica, luterana, liberal, etc.

Estas dos caras de la Ética nos ayudan a que la vida sea un proyecto propio y no ajeno. La razón es muy sencilla, porque vivir no es solo optar o elegir entre posibilidades de vida, sino apropiarse de unas posibilidades determinadas y no de otras. La autenticidad de nuestra vida no es el resultado de un conjunto de opciones o elecciones que hemos realizado a lo largo del tiempo, como si nuestra vida fuera un álbum de fotografías elaborado con el conjunto de momentos o escenas importantes. Este proceso de apropiación no es un proceso de almacenamiento, sino de re-creación permanente; no es creación, porque la vida ya está en marcha: es re-creación, porque la hacemos nuestra. A nivel personal, la apropiación es un proceso de reconstrucción de uno mismo, de recreación permanente del propio proyecto de vida. A nivel social, la apropiación es un proceso de humanización y personalización del mundo.

La Filosofía Moral nos pone delante de nosotros mismos como individuos y como especie, nos invita a que sometamos nuestra vida a la prueba de la libertad, para que reconozcamos si hemos acertado o no en esta travesía de la autenticidad. Valía la pena dedicarle tanto tiempo a la Ética porque si, entonces, nos obligó a conocer las teorías de la libertad, la felicidad o la justicia, hoy sabemos que con aquellas reflexiones nos hemos re-creado a nosotros mismos. Además, sabemos que esta travesía de la autenticidad está sin terminar, sigue siendo un desafío mientras estemos con vida. Y no solo para nosotros, sino también para quienes nos acompañan, porque, a veces creemos que estas reflexiones valen para nosotros y no para la educación de nuestros hijos. ¿No han descubierto ustedes que sus hijos o alumnos también quieren tener su propio proyecto de vida y no el suyo?

b) Una justa medida del tiempo.

En una cultura donde valoramos la rapidez, el éxito inmediato y el presente por encima de cualquier otra dimensión del tiempo, la Ética nos invita a plantear la vida de otra manera. Cuando nos pone ante nosotros mismos, o cuando los demás nos interpelan cuestionando aquello que hacemos, descubrimos que no hay recetas mágicas y rápidas para conseguir la felicidad como meta que puede orientar nuestro camino. Hasta ahora, en las librerías nos hemos encontrado manuales que nos ayudan a aprender ruso en diez días, ser maestros de cocina en quince, o tocar la guitarra en un mes, pero ¿hay algún manual para conseguir la felicidad en diez días?, ¿hay algún método de aprendizaje que nos facilite ser honrados en diez lecciones?, ¿hay algún manual de consejos rápidos que haga la sociedad más justa?

La Ética nos invita a situarnos en el tiempo, nos permite tomar perspectiva de nuestras propias acciones, reconstruirlas, reconfigurarlas y proyectarlas en el tiempo. El pasado, el presente y el futuro dejan de ser dimensiones del tiempo físico para convertirse en componentes del tiempo vivido. De esta forma, cuando estudiamos las distintas teorías de la libertad, cuando reflexionamos sobre el carácter, o cuando desentrañamos el funcionamiento de la acción humana, descubrimos que nuestra vida es tiempo. Aunque la ciencia, la técnica y el tipo de civilización en el que vivimos nos haga pensar que solo existe el presente cortoplacista. La Ética nos sitúa ante otras dos dimensiones del tiempo: el espacio de nuestras experiencias vividas y el horizonte futuro de expectativas.

La felicidad y la justicia no son el resultado de la improvisación o la precipitación de quienes rompen con las propias experiencias, no tienen expectativas o se dejan llevar por la primera oferta de felicidad que se les platea. Forjar el carácter, vivir en plenitud o hacer el bien son tareas que no requieren precipitación o improvisación: son fruto de la paciencia. La Ética no solo nos ayuda clarificar lo importante del conjunto de la vida frente a lo urgente del presente, o nos facilita razones y argumentos para dotar de credibilidad a lo que hacemos y decimos: también nos sitúa en una comunidad de tiempo donde podemos elegir un crecimiento en clave de paciencia o en clave de precipitación. A medida que pasan los años, descubrimos el valor de esta comunidad de tiempo para la que nos puede preparar la filosofía moral.

c) Entrenamiento para estar altos de moral.

¿Cómo se consigue esta justa medida del tiempo? La Ética no tiene recetas mágicas para responder a esta pregunta: sencillamente nos recuerda que es una cuestión práctica. A diferencia de otras disciplinas o ámbitos del conocimiento, donde lo teórico se opone a lo práctico, cuando en Ética hablamos de cuestión práctica no lo estamos haciendo en contraposición a cuestión teórica. Nos referimos a lo que filosóficamente llamamos "ámbito de la praxis" o "ámbito de la acción y la pasión humana". En este sentido, la Ética es una parte de un conjunto de saberes sobre este ámbito de la vida que forman parte de la Filosofía Práctica. En algunos manuales de Filosofía todavía nos encontramos con la distinción entre Filosofía Teorética y Filosofía Práctica, ocupándose la primera de disciplinas como la Ontología, la Metafísica o la Teoría del Conocimiento, y la segunda de disciplinas como la Antropología, la Psicología, la Sociología, la Filosofía Política o la Ética.

Es importante que distingamos entre una cuestión práctica y una cuestión útil, porque la Ética se ocupa de problemas prácticos y no solo de problemas de utilidad. La utilidad es tan solo uno de los valores prácticos, pero no el único. Por ejemplo, la amistad es una cuestión práctica, aunque no siempre sea una cuestión de utilidad; un amigo está a nuestro lado y nos hace compañía, puede sernos útil cuando necesitemos hacer una mudanza...pero quien tiene amigos solo para que le ayuden en estos casos desconoce el sentido de la amistad. La amistad es fruto de una relación libre entre dos personas, y cuando el uno utiliza al otro se instrumentaliza la amistad. En algunas teorías éticas contemporáneas distinguimos entre razón instrumental y razón práctica para describir esta diferencia: mientras nos referimos a la primera para calcular la utilidad o conveniencia de una acción, utilizamos la segunda para valorar no solo lo conveniente o útil de una acción, sino lo valiosa que puede ser. La razón práctica se ocupa de todo lo valioso para la vida humana, con independencia de que pueda sernos útil o conveniente. Una acción honrada y justa es una acción valiosa en sí misma, con independencia de que nos repare beneficios o no. De hecho, valores como la sinceridad, la honradez y la justicia no siempre nos proporcionan beneficios y utilidades.

Estas reflexiones que aprendemos con el estudio de la Ética nos proporcionan una sabiduría práctica con la que aprendemos a vivir moralmente. Se trata de un conocimiento que también llamamos sabiduría moral, porque no son ideas sobre la felicidad o la justicia, sino conocimientos prácticos con los que aprendemos a ser felices o justos. Ahora bien, para saber ser feliz y para saber ser justo hay que entrenarse, la vida moral requiere entrenamiento. Esta imagen del entrenamiento es mucho más que una metáfora para describir el carácter práctico de la vida moral.

En el ámbito deportivo, cuando un atleta se entre adquiere una "forma" que no le viene de fuera, sino que la consigue por el hecho mismo de que se ha entrenado. Lo mismo sucede con la "moral": no es algo añadido a la vida humana, sino algo propio del mismo vivir, de una determinada forma de vivir; o mejor, el intento de vivir "en plena forma".

La Ética cumple en el desarrollo personal una función de recordarnos que hay una serie de normas, reglas o principios con los que participamos en el juego de la vida y transformamos en tiempo cronológico en tiempo vivido. Pero también nos ayuda a no perder el quicio vital, nos proporciona los conocimientos prácticos necesarios para evitar la des-moralización. La Ética nos enseña a pensar la propia vida y la de los demás no solo como realidad biológica o como realidad social, sino como realidad moral. Cuando decimos que la Ética nos proporciona una sabiduría moral no es solo por el hecho de que nos ayuda a saber ser felices o justos de una determinada manera, sino porque nos ayuda a ser personas en plenitud, es decir, a entrenarnos para personalizar la vida y que esta se afronte en plenitud de forma.

3. Valores y narraciones para hacer habitable el mundo.

a) De saber vivir a saber convivir.

Con la Ética no solo aprendemos a vivir con autenticidad o evitar la desmoralización. La Ética nos proporciona conocimientos no solo para saber vivir, sino para saber convivir. Aquí es muy importante pensar en profundidad lo que significa la expresión "saber convivir" porque es algo muy diferente a "saber sobrevivir" o "saber coexistir". Cuando decimos que la Ética nos enseña a saber convivir es porque se trata de un tipo de saber importante en la vida familiar o vecinal, en la vida profesional y, en general, en la difícil convivencia política. Todos hemos oído decir alguna vez a alguien que tiene su propia Ética, o su propia Moral; incluso a veces hemos oído a grupos profesionales reivindicar una determinada "ética profesional", diferente a la "ética social". Quienes realizan estos juicios desconocen que la Ética como conjunto de normas, valores y principios no es un conocimiento relativo al interés o gusto que en un determinado momento tenga una persona o grupo. A nadie se le ocurre decir que el juego del fútbol tiene unas reglas que son relativas a cada equipo o grupo implicado. El reglamento que rige la actividad del fútbol está muy claro para todos, con independencia de la calidad del juego o de lo que llamamos buen juego. El reglamento es condición necesaria para que se juegue "bien" y para que haya juego "limpio", pero no es suficiente para que haya buen juego.

La Ética nos enseña que son importantes los papeles, los reglamentos, los estatutos, las normas, las leyes y las constituciones que ordenan la vida humana: sin ellos no habría "juego". Nos recuerda que todas estas cuestiones formales no pueden ser arbitrarias, es decir, que la regulación de la vida social no puede ser una cuestión emocional, sentimental o tribal como si no necesitásemos cierto orden, estabilidad y seguridad en la regulación de la vida. De la misma forma que la Ética nos ayuda a poner en orden nuestra vida personal, también desempeña un papel importante en la regulación de la vida social. Aquí, la Ética se encuentra con otras áreas de conocimiento que también regulan actividades dimensión formal prácticas como son la Economía, el Derecho o la Política.

En estos ámbitos sociales de la vida humana siempre aparece una que la mayoría de las veces dejamos en manos de los profesionales del Derecho, porque nos creemos que todas las cuestiones formales son cuestiones jurídicas o contractuales. En una empresa familiar, por ejemplo, esta dimensión formal es la que regula las actividades que coordinadamente realizan sus miembros. Esta coordinación puede estar limitada al cumplimiento de la legalidad vigente, y sus miembros organizan su vida según consta fehacientemente en los contratos, papeles, estatutos y reglamentos que se han comprometido a cumplir. En estos casos, la dimensión formal se reduciría a su dimensión estrictamente normativa y jurídica. Sin embargo, esta coordinación puede plantearse como la articulación de profesionales diferentes que desean "hacer equipo" y aumentar el valor añadido de su empresa y la sociedad en la que se encuentran. Si no hay ciertas formalidades no hay equipo; pero si solo hay formalidades tan solo hay un grupo de individuos, desapareciendo así cualquier posibilidad de buen equipo.

Toda la dimensión normativa de la vida social se apoya en esta dimensión formal, aunque a veces nos creamos que se trata de lo contrario. El Derecho es un conjunto de normas que regula la vida social y en su origen tiene esta dimensión formal: de las leyes, por ejemplo, decimos que tienen un "espíritu" y una "letra", que una cosa es la buena fe, buena voluntad o intención del legislador, y otra cosa es el contrato, el papel o la norma escrita. En muchos ámbitos de la vida humana, como solo contamos con las letras, los contratos, los reglamentos y los papeles, nos creemos que son estos los que constituyen la dimensión formal de las relaciones. Tomamos por causa y origen de la regulación de la vida social lo que solo es un efecto de la misma.

En todos los ámbitos de la vida social nos sucede lo mismo, y la Ética está ahí para recordarnos esta diferencia entre lo formal y lo normativo. Lo formal es el origen de lo normativo, y no al revés. Lo formal regula la vida en términos de respeto mutuo, sinceridad, conciencia de obligaciones compartidas, voluntad de realizar buen juego y hacer equipo. Sin estos cimientos, el edificio de la convivencia sería muy frágil, porque se apoyaría solo en los papeles, los reglamentos, los estatutos, las leyes y las normas escritas. Cuando reducimos la regulación de la vida social a su dimensión normativa y hacemos depender de ella todas las relaciones humanas, entonces el Derecho, más que regular la convivencia, regula la coexistencia. La enorme importancia que los profesionales del Derecho desempeñan en nuestras sociedades individualistas y liberales se explica porque la vida social no se ordena o regula tanto en términos de convivencia como en términos de coexistencia.

Mereció la pena estudiar Ética porque, gracias a ella, sabemos que entre el mundo de las emociones y el mundo de las leyes está el mundo de lo formal. Aunque los que viven de las leyes y normas (profesionales del Derecho) quieran recluir este ámbito en la vida privada o individual, y aunque los que bien de las terapias (profesionales de la Psicología) quieran reducirlo a la vida de las leyes positivas, nosotros no podemos olvidar que las posibilidades de hacer equipo, hacer buen juego, trabajar con la moral alta y crear valor dependerán mucho de esta sabiduría moral que llamamos Ética. Gracias a ella, en los diferentes ámbitos de la vida social establecemos la diferencia entre normas que regulan la coexistencia y normas que ordenan la convivencia: mientras unas nos ayudan simplemente a sobrevivir unos junto a otros, las otras nos ayudan a convivir unos con otros.

b) Para hacer habitable un mundo inhóspito.

La Ética también nos ayuda a diferenciar formas de convivencia. No todas las formas de convivir tienen igual valor, y eso lo comprobamos sin problema en nuestra vida cotidiana. Convivir en la calle es diferente a convivir en un hotel o convivir en casa, por eso no podemos conformarnos con cualquier tipo de convivencia. Algunos pensadores contemporáneos han distinguido entre "entorno" ( umwelt) y "mundo"(welt) para describir la forma que tiene el ser humano de ajustarse a la realidad. Mientras los animales ordenan su vida en un entorno determinado, se ajustan a él y en él se desarrollan, lo seres humanos ordenan su vida acudiendo a un conjunto de significados con los que no solo la ajustan al entorno, sino que la justifican. No se trata de un simple ajuste o adaptación, sino una justificación permanente. En la regulación de la vida social, además de la dimensión formal hay una dimensión significativa con la que justificamos no solo lo que hacemos (o dejamos de hacer9, sino lo que nos hacen o esperamos que nos hagan.

El mundo es el conjunto de costumbres, ideales, valores y tradiciones con los que hacemos significativa la vida. Mereció la pena estudiar Ética porque, con ella, hemos descubierto que la vida puede ser significativa de muchas formas, es decir, que no hay una única forma de justificar lo que hacemos, es decir, que las fuentes que hacen significativa la vida son múltiples y variadas. Cuando estudiamos las teorías de la felicidad o la justicia estamos conociendo formas de argumentar, formas de justificar y, en definitiva, formas de hacer significativa y valiosa la vida.

También llegamos a conocer que entre estas formas de hacer significativa la vida hay unas que embrutecen y otras que dignifican, unas que despersonalizan y otras que personalizan, unas que hacen de la Tierra un infierno y otras que hacen de ella un paraíso. Ante esta pluralidad de fuentes, la Ética nos plantea el desafío de la habitabilidad. Hay muchas formas de estar en el mundo y hacerlo significativo, pero muy pocas que lo hagan habitable. Esta es una exigencia que plantea la Ética a un conjunto de saberes dispersos que tienen intereses parciales en el mundo. La Ética tiene presente que llegar a conseguir que el mundo sea habitable para todos es una empresa muy difícil, pero no imposible. Se trata de una exigencia imposible pero necesaria, si queremos que el recinto donde habitamos tenga la categoría de hogar.

En un mundo donde cada ámbito de conocimiento tiene intereses diferentes y no siempre convergentes, la Ética reclama un interés común, exige una convergencia de intereses, una convergencia de horizontes de vida, para que el recinto de convivencia no tenga la forma de jaula, jungla o establo, sino la forma de hogar. Valía la pena estudiar la Ética porque los hábitos, las costumbres y las virtudes son claves para vivir resguardados, pistas para encontrar cobijo en un mundo inhóspito. Al preocuparnos por el bien y los valores que ordenan la convivencia de todos, estamos planteando diferentes formas de estar a cubierto, de no vivir a la intemperie. Convivir en un hogar es muy diferente a otras formas de convivencia, con independencia de que sean mejores o peores. Con ello, la Ética no nos dice que personalmente tengamos que conformarnos con esta forma de vida: es posible que haya otras formas de convivencia mejores o peores; convivir en la calle, en un hotel, en una acampada o en un palacio son formas múltiples de convivir. Ahora bien, la Ética nos recuerda que hay una forma de convivencia necesaria si queremos que el mundo sea humanamente habitable por y para todos, aquella que tiene la forma de hogar. Aunque la decoración no esté a gusto de todos, o aunque no tengamos todas las comodidades, la Ética nos exige que no sea un lugar inhóspito, es decir, que está ajustado a la condición humana.

c) Para aumentar la esperanza de vida.

Muchas veces, las múltiples ocupaciones de la vida cotidiana nos impiden no solo disfrutar de la vida y la convivencia, sino descubrirlas como una aventura apasionada. Mientras otras actividades y ámbitos de conocimiento nos mantienen entretenidos en el mundo o permanentemente ocupados, la Ética nos hace tomar distancia de los entretenimientos y las ocupaciones. Funciona de manera parecida a las señales de "Stop" que nos encontramos cuando circulamos. Hace que nos paremos, que nos detengamos, que volvamos a recuperar de nuevo toda la atención que necesita la conducción: es como si tuviéramos que empezar a circular de nuevo.

Mientras que muchas ocupaciones nos tienen atrapados por el sentido de la rutina, la Ética despierta en nosotros el sentido de la aventura. Sin la Ética, creeríamos que la vida es un conjunto de momentos rutinarios donde la mecánica del tiempo devora impecablemente la brevedad de la vida. Sin la Ética, creeríamos que la vida es un conjunto almacenado de imágenes y escenas separadas por las páginas de un calendario interminable. Sin la Ética, creeríamos que la vida es un conjunto interminable de ocupaciones sometidas a la rueda del tiempo. Gracias a la Ética, descubrimos que hay momentos por los cuales merece la pena toda una vida; descubrimos que hay acciones que son absolutamente valiosas y no pueden ser compradas con todo el oro del mundo; descubrimos que el futuro de nuestra vida y de nuestra especie no está escrito ni en los astros ni en oráculo alguno. La Ética ha despertado en nosotros el sentido de que la vida es una aventura, peligrosa, inciertas, llena de obstáculos y trampas, llena de peligros sorprendentes, pero también llena de recompensas inesperadas.

Con este sentido de aventura, la Ética no vuelve la espalda a los momentos de noche oscura en los que cada uno de nosotros se encuentra con su vida a un paso del abismo. La Ética nos mantiene esperanzados y vigilantes, por eso no es únicamente aquella disciplina o materia que- como muchos creen- nos recuerda las normas, valores y obligaciones. No hay que confundir la Ética con la "moralina", como si fuera un conjunto de consejos para llevar una vida decorosa, como si este saber pretendiera cerrar los ojos al mal, la injusticia o las experiencias de dolor y sufrimiento. Todo lo contrario: la Ética siempre nos exige un esfuerzo de esperanza y vigilancia. Pero nos despierta también el sentido de religación a la vida que muchas veces olvidamos cuando la reducimos a un conjunto de obligaciones sociales.

Como aventura, se mantiene cuando descubrimos que la vida no es una pasión inútil, sino una pasión valiosa, una pasión dispuesta a continuar y mantener la esperanza de una vida recibida. Como religación a la vida, la sabiduría moral nos abre las puertas a otros ámbitos de conocimiento donde también circula apasionadamente esta aventura: son los ámbitos de la Estética, la Literatura ... un conjunto de saberes poco útiles instrumentalmente hablando, pero prácticamente imprescindibles, porque siempre nos ayudan a conocer en profundidad la diferencia entre la muerte y la vida, el sueño y la vigilia...Saberes con los que la especie humana se ha sentido única e irrepetible.

(Agustín Domingo Moratalla. Lo que usted estudió y nunca debió olvidar de ÉTICA. Acento Editorial. Madrid. 2001)